Macaya y el estado chileno
Con la instalación de los estados nacionales, luego del proceso de independencia, Perú establece sus territorios a partir de la Constitución de 1823 con un sistema que dividió al país en departamentos, provincias, distritos y parroquias.
La Provincia de Tarapacá contaba con los distritos de Camiña, Sibaya, Pica, Iquique y Tarapacá, que era la capital. Los curatos eran Sibaya, Pica, Camiña y Tarapacá. Para el 26 de junio de 1855, debido a la gran actividad económica: Minera, del guano y del salitre en la zona, se erige a Iquique como “puerto mayor”, permitiendo mayor fluidez de los navíos cargueros en el límite sur del Departamento (Donoso, 2003) [1].
Con la posesión de Chile en Tarapacá, después de la Guerra del Pacífico, aparecieron las misiones exploradoras y científicas enviadas para inventariar el territorio de Arica y Antofagasta y estudiar su geografía, poblamiento y recursos físicos (Van Kessel, 1992). Levantamiento que dio origen a las provincias de Tarapacá y Antofagasta y permitió, junto con capitales ingleses, levantar una infraestructura material y administrativa para el sector exportador salitrero, además de generar una amplia política de obras públicas y de modernización; cuyo desarrollo económico hacia 1912 arrastró, a la primera región, una gran población que giró en torno a la bonanza del salitre.
Un modo de ser
Los habitantes de Macaya no fueron ajenos a este proceso de migración y búsqueda de mejores oportunidades. En sus relatos aparecen las oficinas salitreras, como un espacio donde se reafirmó su identidad territorial, frente a un denominador común que fue la cultura pampina; no obstante, de este tránsito por las oficinas salitreras se adquirió también la experiencia del tejido social-organizativo; un modo de ser cotidiano, ritual y sincronizado que se da en la sociabilidad de los enclaves mineros. Que es la herencia que se despliega hoy entre sus habitantes, como una manera organizacional y comunitaria de vivir la familia y ser Macayino. Las que se manifiestan en el trabajo privado y comunitario del espacio público, no tan solo del tiempo sagrado, herencia del mundo andino y colonial, sino también del tiempo ideológico, organizativo y de articulación social, proveniente de la tradición obrera de las salitreras, que se proyectan hasta hoy en la comunidad.



