Sonia Montecino
El himno del pueblo de Macaya borda en sus estrofas parte de lo que encontramos en las páginas de este libro que lo relata y lo hace vivir en sus imágenes, testimonios, historias y materialidades.
Casi todas las dimensiones de Macaya. Hermosa tierra donde yo nací, se expresan en ese himno que escribió Enrique Luza Cáceres, en el año 1967, y que dejó inscrito en la pizarra de la escuela: las quebradas, el sol, los sembríos, las arboledas y sus frutos, las aguas termales, el nido de los cóndores; pero sobre todo la lucha de sus hijos(as). Precisamente lo que nos muestra el texto es una composición, un bordado de narraciones y fotografías que pone de manifiesto la relación profunda y afectiva de los habitantes del pueblo de Macaya con su territorio y con los saberes, trabajos, prácticas y rituales religiosos que construyeron sus antepasados y que hoy ellos(as) mantienen como parte de un legado, de un acerbo, mas también como objeto de cambio y transformación.
Las voces de sus hijos(as)
Esa lucha de los(as) hijos(as) de Macaya está ilustrada en el devenir de los cambios económicos y sociales que han hecho desaparecer actividades antaño dominantes como la minería y la ganadería, evidenciando su adaptación a los vaivenes familiares y sociales, a las mudanzas y a los retornos, a las permanencias y fugas. Las voces que hablan en este libro dan cuenta de los periplos y andanzas de muchos(as), pero también de la estabilidad de otros(as). Nómades o sedentarios sus habitantes parecen querer decirnos que el estilo de vida que llevan es coherente con sus deseos y con los de aquellos(as) que lo animaron antes.
“Pueblo libre”
Margarita Donaire lo expresa así: “Yo quiero que mi pueblo siga siendo un pueblo libre, que la gente no tenga que cerrar sus chacras”. Procurar así lo que se denomina un “buen vivir” es la atmósfera textual que los(as) autores(as) nos prodigan en las muy bien editadas páginas del libro.
Junto a esta atmósfera de los relatos, las fotografías diseñan otro ángulo de la memoria de Macaya. Por un lado, están las que ilustran, registran y modelan los rostros, paisajes, calles, casas, artefactos que denotan la existencia contemporánea de la localidad. Estas imágenes operan como un registro que en el futuro será memoria de lo que hubo y que ahora permiten que nos acerquemos a las personas, el entorno y sus cosas. Por el otro, están aquellas fotografías que pertenecen a los archivos personales de los(as) macayinos(as) y que dan cuenta del devenir de las familias, así como de las estéticas que las rodearon.

Objetos de mesa
Fotografía de registro
Pozo Almonte 14 de diciembre 2018
De ese modo, los relatos y las imágenes operan con una múltiple temporalidad que produce una lectura sensible y una apropiación afectiva de los(as) habitantes y de su pueblo. Así, por ejemplo, la religiosidad declarada en los testimonios y entrevistas cobra otra cara cuando vemos la bella santería donde San Santiago, la Virgen de la Candelaria, la Mater Dolorosa entre otras se conservan y visten atuendos impecables en consonancia con lo que nos dice Latrina Apala Lucas de que “…cada cierto tiempo se le cambian las ropas, pero para sus fiestas se le pone la mejor…”. Así narración y figura nos hacen imaginar los sones y los bailes de las fiestas de ayer y de hoy condensadas en el gesto de vestir los santos que el lente captura y la palabra recupera.
Asir el pasado y el presente
Macaya. Hermosa tierra donde yo nací es un precioso ejemplo de agencia de la comunidad respecto a su patrimonio y su memoria, es también un valioso trabajo de metodologías participativas y de diálogo entre investigadores(as) y pobladores(as) de la localidad. Gracias a esta forma respetuosa y colectiva de encarar la indagación y la producción de un libro, los(as) lectores(as) podemos asir el pasado y el presente, conocer el esfuerzo de los(as) pobladores(as) en su sobrevivencia, la convivencia de lo indígena y de lo mestizo, las migraciones, la fuerza femenina que hay en la historia de Macaya, las materialidades que acompañan esa memoria, los saberes que se transmiten, entre otras múltiples formas de la vida de un pueblo que ha querido plasmarse y, de algún modo, salvaguardarse en esta textualidad.
No podemos sino celebrar el trabajo de Carla Miranda y al equipo en las distintas fases de la elaboración del libro, y a Ruth Godoy, así como de todos(as) los(as) macayinos(as) que participaron con ellos(as) para sacar a luz un texto necesario de documentación y de “calor fraternal”.
Sonia Montecino Aguirre
Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales en 2013.